Un Cambio Cultural para Prevenir el Suicidio

El suicidio es uno de los problemas más graves que enfrentan las comunidades modernas. De hecho, en muchos países (tal vez también en el nuestro), se ha convertido la primera causa de muerte para los jóvenes entre 15 y 24 años de edad, y la primera causa de muerte violenta en todas las franjas etarias a partir de los 15 años. Según las estadísticas oficiales del Ministerio de Salud, más de 3.300 argentinos mueren cada año a causa de suicidio, pero la Organización Mundial de la Salud nos advierte que este número está subestimado por lo que podrían ser muchos más. Además, por cada suicidio consumado hay al menos veinte intentos con los consiguientes daños colaterales tanto físicos como psicológicos; y por cada muerte a causa de suicidio hay decenas de personas afectadas, en muchos casos de por vida.

 

Resulta llamativo que, frente a semejante calamidad, las comunidades prácticamente no hagan nada. La prevención del suicidio no es un tema de interés periodístico como lo es por ejemplo la inseguridad; no hay programas de educación para prevenir el suicidio desde la escuela como sí los hay para los accidentes de tránsito; casi no hay programas oficiales específicos para la asistencia al suicida como si los hay en otros temas como la violencia de género; prácticamente no existen políticas públicas para prevenir el suicidio o las que se aplican son solo de forma, quedan trabadas en la burocracia o ejercen poco efecto real en la población; y, lo más llamativo, la sociedad que ve morir a sus seres queridos a causa de suicidio no reclama medidas. Entiéndase, no estamos diciendo que otros problemas sociales no deban ser atendidos, solo nos llama la atención que un problema que causa tanto daño y tanto sufrimiento es prácticamente ignorado tanto por las autoridades como por la comunidad que es víctima de este flagelo.

 

Existen varios factores que explican este extraño fenómeno: tal vez, uno de los más importantes sea la creencia de que el suicidio es inevitable. Al fin de cuentas, el suicidio existió siempre, en todas las culturas y seguramente seguirá existiendo. Es como quejarse de la vejez o de la muerte, pareciera inútil, queramos o no seguirán ocurriendo. El suicidio en particular es una decisión individual de otra persona: ¿cómo evitar que otro haga lo que en definitiva quiere hacer? Los datos estadísticos y la experiencia de varias asociaciones de prevención del suicidio nos muestran claramente que estas creencias son mayoritariamente falsas.

 

Es cierto que el suicidio existió siempre y en todas las culturas, pero no en la misma proporción, a medida que las sociedades se vuelven más individualistas y valoran más el éxito personal, o más rígidas e intolerantes, los índices de suicidio aumentan. Las diferencias son alarmantes: La proporción de muertes a causa de suicidio en el mundo es de 1,4% del total de defunciones, pero este número llega al 5% en Corea del Sur y al 0,4% o 0,5% en Grecia o Indonesia (fuente ourworldindata). Las diferencias de género también son notorias: En casi todos los países la cantidad de suicidios masculinos duplica o cuadruplica a los femeninos, pero en Pakistán o Marruecos son casi equivalentes. (fuente ourworldindata). Otros factores culturales como por ejemplo el consumo de drogas, la disgregación familiar o la discriminación en sus diversas formas también explican este fenómeno. Estos datos, sumados a las tasas de suicidio increíblemente altas de algunas regiones o ciudades dentro de cada país, o incluso en algunas familias, nos indican claramente que el suicidio no es un problema individual sino un problema social y cultural. Además nos dicen que, aunque tal vez sea cierto que el suicidio existirá siempre como fenómeno humano, las tasas de suicidio se pueden reducir drásticamente. Dicho en otras palabras: la gran mayoría de los suicidios son evitables. También nos muestran que la forma de lograr una prevención del suicidio efectiva es el cambio cultural.

 

Decisión personal o problema cultural

 

Por definición, para hablar de suicidio debe haber una intencionalidad del sujeto para provocarse la muerte por lo que no podemos decir que el suicidio no sea una decisión, para entender porqué estamos hablando de un problema cultural debemos hablar primero de cómo los seres humanos tomamos decisiones. Este es el tema central de las ciencias del comportamiento por lo que se han elaborado muchas teorías y realizado muchos estudios al respecto.

 

Nos gusta pensar que tomamos decisiones en forma racional. Es decir, que evaluamos los costos y los beneficios cada vez que tenemos que decidir. Es posible que esta sea la forma en que algunas personas deciden la compra de un taladro eléctrico comparando las especificaciones de los fabricantes, pero para la gran mayoría de las decisiones que tomamos a diario no contamos con tanta información ni con tanto tiempo. Por suerte, la naturaleza nos dotó de un mecanismo mucho más rápido y, aunque parezca increíble, más eficiente. Nuestro inconsciente recurre a nuestra memoria emocional. Algo así como una inmensa biblioteca de recuerdos en los que se almacenan imágenes de situaciones asociadas a estados emocionales buenos o malos del momento en el que las vivimos. Fue Sigmund Freud el primero en plantear seriamente el papel del inconsciente y de nuestra afectividad en la toma de decisiones, casi un siglo después, Antonio Damasio señaló los mecanismos neurológicos de la toma de decisiones y realizó ensayos que demuestran que, efectivamente, existen “marcadores” que nos guían al decidir.

 

Algunas de estos marcadores somáticos, así los llamó Damasio, están programados en nuestros genes. Por ejemplo, si al salir de casa nos encontramos con un oso no necesitaremos buscar un recuerdo parecido para saber qué hacer. La imagen de un animal más grande que nosotros ya está asociada en nuestros genes con el estado corporal que caracteriza al miedo y nos indica que debemos alejarnos. El resto de los marcadores somáticos se adquieren con nuestras experiencias de vida. Por ejemplo, si al elegir un postre optamos por tarta de manzanas con mucha frecuencia, posiblemente haya algo en nuestra experiencia personal que asocie la tarta de manzanas con un suceso agradable o, viceversa, si nunca la elijemos, tal vez, en alguna ocasión sufrimos una indigestión o un disgusto después de comer una tarta de manzanas.

 

El mecanismo de los marcadores somáticos no es infalible, no nos lleva siempre a la mejor decisión para cada circunstancia, pero nos permite decidir rápidamente en base a experiencias buenas o malas por lo que representa, en términos generales, una ayuda muy importante para la supervivencia. De hecho, Antonio Damasio demostró que los individuos privados de este mecanismo por lesiones cerebrales y que, por lo tanto, toman sus decisiones usando solo mecanismos racionales, suelen decidir muy mal, especialmente en los ámbitos personal y social. La pregunta es: ¿Cómo un mecanismo de toma de decisiones perfeccionado por la evolución para nuestra supervivencia puede llevarnos a decidir la muerte?

 

La única respuesta que encuentra Antonio Damasio para explicar esta y otras distorsiones tan groseras es la cultura. Los humanos somos seres gregarios por lo que la mayoría de nuestras experiencias fueron adquiridas en el seno de una familia o una comunidad, dentro de un entorno cultural. Para que el mecanismo de marcadores somáticos genere decisiones mayoritariamente positivas en el sentido de la supervivencia y el bienestar de los individuos es necesario un sistema nervioso que conserve esta funcionalidad pero además hace falta un entorno cultural sano.

 

Las representaciones sociales

 

El psicólogo social Serge Moscovici, unos años antes de que Damasio realizara sus estudios, elaboró la teoría de las representaciones sociales que explica cómo lo humanos compartimos experiencias dentro de un entorno cultural. Las representaciones sociales son creencias, afirmaciones, normas y valores que se enseñan y aprenden sin reflexionar demasiado sobre la validez o la conveniencia de su contenido pero que son apropiadas por los individuos y tienen la capacidad de orientar sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones. No somos esclavos de las representaciones sociales: Los individuos también tienen la capacidad de cuestionarlas, cambiarlas e incluso re-transmitir algo distinto a su medio cultural. Estas pequeñas acciones individuales o colectivas son las que tienen el poder de generar un cambio cultural.

 

Por ejemplo, todos sabemos que la electricidad es peligrosa pero, ¿como lo sabemos? Unos pocos habrán estudiado la teoría o los hechos que lo demuestran o habrán sufrido una descarga eléctrica, pero la mayoría sabemos que la electricidad es peligrosa porque nuestros padres nos lo dijeron hasta el cansancio; y si no nos lo dijeron nuestros padres seguramente alguien más lo hizo. En este caso la representación social de la electricidad como un elemento peligroso es una creencia basada en la evidencia que nos induce a tomar precauciones útiles para nuestra seguridad. Sin embargo, no todas las representaciones sociales expresan hechos ciertos o generan conductas productivas en función de nuestro bienestar. Los prejuicios raciales pueden ser un ejemplo de estas últimas. En ambos casos, las representaciones sociales se comparten entre los miembros de una comunidad y orientan nuestra forma de ver el mundo. Nos dicen qué es bueno y qué es malo, qué es normal y qué es extraño, qué debemos hacer y donde está el límite de lo permitido. Son la base de nuestra intuición, lo que con frecuencia llamamos sentido común y lo que a veces llamamos prejuicio. Contar con estos prejuicios o juicios previos sobres las cosas, las personas y las situaciones no es malo. Como dijimos antes, nos ayudan a tomar decisiones rápidas mayoritariamente acertadas que promueven nuestro bienestar y seguridad. Volviendo al ejemplo de la electricidad, la creencia de que es peligrosa nos ayuda a evitar accidentes. Sin embargo, otras representaciones sociales no solo no nos ayudan sino que claramente nos perjudican, a nosotros o a nuestro entorno social por lo que es muy bueno que podamos cuestionarlas y eventualmente modificarlas.

 

 

¿Hay culturas buenas o malas?

 

Tal vez las palabras “buena” o “mala” no sean las más adecuadas, pero si decimos que la cultura debería servir para promover el bienestar y la seguridad de los individuos, claramente hay modelos culturales que son más o menos efectivos en función de estos objetivos.

 

Desde ya que hay gran número de elementos culturales a los que podríamos llamar “decorativos”, los que nos gusta apreciar cuando viajamos, como la arquitectura de los edificios, la vestimenta, el idioma, los acentos. Estos elementos no afectan la eficiencia de una cultura para cuidar a los individuos, pero otras pautas más profundas como valores o creencias sí lo hacen. A ellas se refiere Antonio Damasio cuando habla de entornos culturales sanos o enfermos.

 

Son ejemplos de culturas enfermas la cultura nazi por su mesianismo, discriminación y poca valoración de los derechos humanos o la cultura japonesa de la segunda guerra mundial por su distorsionada valoración del honor y el nacionalismo. Pero no podemos decir que la cultura occidental contemporánea no esté enferma; la valoración exagerada del éxito personal en desmedro del cuidado de los vínculos también atentan contra el bienestar y la seguridad de las personas. La proliferación de trastornos de ansiedad y depresión o los elevados índices de suicidio así parecieran demostrarlo.

 

La cultura es el terreno en el que crecen y se desarrollan los individuos. La analogía no es nueva. De hecho la palabra “cultura” tiene la misma raíz que “cultivo”. Quienes tienen alguna experiencia en el cuidado de plantas la podrán entender mejor. Los juncos, por ejemplo, son plantas que crecen en las orillas de lagunas o arroyos; también pueden crecer en mi balcón, pero me tendré que asegurar de regarlos lo suficiente como para que “se sientan” como en su ambiente natural.

 

Durante millones de años, los seres humanos nos adaptamos a determinadas condiciones. En los últimos 10.000 años (solo un soplo en la historia de la evolución, comenzamos a construir ciudades). Hace unas pocas décadas inventamos Internet. Somos como los juncos que crecen en mi balcón, vivimos en un mundo que no nos resulta natural. No se trata de que el junco vuelva a la rivera del arroyo, pero es importante que el riego sea adecuado. O, en términos humanos, una cultura eficiente debería garantizarle a las personas todo aquello que su naturaleza reclama para su bienestar y seguridad.

 

La naturaleza humana

 

Cuando compramos o nos regalan una planta que no conocemos lo prudente es informarse de qué cuidados necesita. Esto es muy importante porque si le damos a un cactus los mismos cuidados que le doy a los juncos en mi balcón es muy probable que no sobreviva. Lo mismo es aplicable cualquier ser vivo, también al ser humano. Por este motivo, estudios recientes de psicología evolucionista y socio biología procuran entender las necesidades naturales del ser humano para brindar soluciones a conflictos personales y sociales del mundo moderno.

 

En realidad, la vida moderna es mejor que la vida primitiva en muchísimos aspectos. En general disponemos de más y mejores alimentos y las viviendas actuales, incluso las más humildes, son mejores que las cavernas. Increíblemente, el aspecto que se vio más deteriorado por la edificación de ciudades, el comercio y los medios de comunicación fue nuestra forma de relacionarnos. En un mundo hiper-conectado estamos más solos que nunca.

 

Por lo que sabemos, los seres humanos primitivos vivían en grupos pequeños con lazos afectivos fuertes ligados a la supervivencia. Cada individuo crecía sabiendo que pertenecía al grupo y que a su vez el grupo lo protegería. Hablamos de certezas. No estamos diciendo que esta forma de relacionarse sea mejor o peor que otras que puedan darse en la actualidad, pero sí que durante millones de años evolucionamos para relacionarnos así y hoy los vínculos son mucho más inciertos y volátiles. La forma de relacionarnos cambió al menos en dos aspectos.

 

Por un lado, los individuos siguen siendo importantes para el grupo pero el tamaño de los estados o de los mercados hace que los lazos afectivos entre todos sus miembros tiendan a diluirse hasta desaparecer. Así el individuo se cosifica ante la mirada del grupo; pasa a ser un ente útil como consumidor, como votante o como ciudadano responsable, pero anónimo y desconocido.

 

Por otra parte, un medio social tan amplio hace que los contactos cercanos pierdan la importancia que tenían en la vida primitiva. Los individuos se sienten más libres y los lazos afectivos, incluso los más próximos, también se diluyen.

 

Ingresamos en lo que Zygmunt Bauman denominó modernidad líquida. Los vínculos se vuelven contingentes y provisorios. Las relaciones humanas adoptan una lógica mercantilista y las personas se cambian de la misma manera que los bienes. El problema de este estado de cosas no está en que lo juzguemos como bueno o malo (eso es opinable), sino en que objetivamente no satisface necesidades psicológicas básicas de los individuos como el sentido de pertenencia o el sentido de propósito. En la modernidad líquida el grupo de pertenencia se desvanece por su continuo cambio y los individuos ya no se sienten útiles o valiosos. Esto no es gratuito ni inofensivo. Si observamos un poco, vemos cómo estos individuos aislados en la multitud caen fácilmente en fanatismos, incluso violentos, siguiendo a un líder político, un equipo deportivo o una creencia religiosa en busca algo del sentido que su naturaleza gregaria reclama; como otros son presa de adicciones o buscan diversión desenfrenada para evadirse de una realidad que no pueden soportar; como algunos persiguen obstinadamente el éxito en busca del reconocimiento que un grupo primario no le brinda; como aumentan los trastornos de ansiedad y depresión; y cómo muchos llegan a la desesperación y al pensamiento suicida.

 

Un cambio es posible

 

El cambio cultural no solo es posible sino que es inevitable. Los cambios que describe Bauman y muchos más que nosotros mismos hemos podido observar en nuestros propios entornos culturales ocurren porque, en efecto, pueden ocurrir. Muchas veces tenemos la sensación de que los cambios culturales arrastran a los individuos como la corriente de un río, y, aunque esta imagen puede ser bastante acertada en muchos casos nos hace perder la noción de que somos nosotros mismos los que generamos la corriente. Somos nosotros los que con cada gesto, cada comentario o cada acción convalidamos o cuestionamos una representación social. Nosotros somos los arquitectos del mundo y podemos cambiarlo. Las luchas contra la discriminación racial, contra la homofobia o por los derechos de las mujeres así lo demuestran. Es cierto que vivimos en un mundo donde los vínculos se deterioran y las relaciones pierden profundidad, pero también es un mundo mucho más luminoso y más libre donde han caído muchísimos tabúes. Estos cambios positivos no surgieron del designio de un gobernante, los impulsamos nosotros. Del mismo modo podemos corregir lo que está mal para que una prevención del suicidio efectiva sea posible. Para hacerlo debemos revisar algunas representaciones sociales de las que hablaremos en nuestra página: Qué hay que cambiar para una prevención del suicidio efectiva.

 

 

Fuentes:

 

Bauman Zygmunt, Modernidad líquida

Damasio Antonio , El error de Descartes.

Hellinger Bert, Los órdenes de la ayuda.

Moscovici Serge, Representaciones sociales: Exploraciones en psicología social.

Colaboran con el Centro de Asistencia al Suicida:

1/2

Línea de prevención del suicidio: tel:135 (línea gratuita)

(011)5275-1135 o 0800 345 1435 desde todo el país

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