Qué hay que cambiar para prevenir el suicidio

Para que el mundo cambie debemos cambiar

Cuando nos preguntamos por qué el suicidio sigue siendo una de las principales causas de muerte pese a todos los avances de nuestra civilización, por qué los pensamientos suicidas siguen agobiando a tantas personas o, simplemente, por que la angustia, la ansiedad patológica y la depresión son cada vez más frecuentes en nuestras comunidades, queda claro que algo estamos haciendo mal. ¿Pero qué?

 

Lo primero que se nos viene a la mente es que el gobierno, o los sistemas de salud, o las asociaciones profesionales, o alguien más, debería hacer algo. Y, aunque es cierto que todas estas instituciones y otras aún tienen mucho por hacer, sabemos que el problema es mucho más profundo.

 

En nuestra página: Un cambio cultural para prevenir el suicidio reflexionamos sobre cómo la cultura establece y reproduce pautas o representaciones sociales que en muchos casos conspiran contra una prevención del suicidio efectiva. Vimos también como estas formas de pensar se repiten una y otra vez sin ser cuestionadas; y como influyen en nuestros sentimientos y nuestras acciones para, en conjunto, orientar la forma en que la sociedad afronta un problema como el suicidio. El cambio en las instituciones es necesario, pero para que sea posible primero debemos cambiar nosotros. Debemos permitirnos al menos cuestionar ciertas representaciones sociales.

 

¿Qué debería cambiar en nuestra cultura?

 

Existen muchas representaciones sociales que promueven o al menos no impiden que el suicidio siga siendo tan frecuente. Aquí señalaremos solo algunas pero, en general, todas ellas se relacionaran directa o indirectamente con nuestras formas de relación y con el grado en que estas formas de relación satisfacen o no nuestras necesidades primarias de pertenencia y propósito. Ver Un cambio cultural para prevenir el suicidio .

 

Un cambio cultural comienza con la decisión individual de cuestionar una representación social. Para cada uno de los temas que trataremos, y seguramente para muchos más, deberíamos preguntarnos: ¿Qué pienso al respecto? ¿Lo que pienso es cierto o está basado en alguna evidencia? ¿Si no es así, en que forma o en que medida mis creencias erróneas pueden afectar mis decisiones? Eso es lo que intentaremos en el resto de la nota.

 

Representación social del suicidio

 

Ya hablamos antes de la poca importancia relativa que gobiernos, medios o personas le otorgan al suicidio en relación a otros problemas sociales. Desde las asociaciones que nos dedicamos a la prevención del suicidio no dejamos de reclamar al Estado y a los medios de comunicación que se ocupen más del tema, pero no lo hacen. Los políticos se deben a sus votantes y los directivos de medios a su público. Sabemos que nada cambiará hasta que la comunidad, es decir todos nosotros o al menos una gran mayoría, tomemos consciencia del problema y reclamemos mayor atención. Mientras sigamos pensando que el suicidio no es frecuente, que siempre le ocurre a otros, que les pasa a los enfermos mentales, que es una cuestión individual, que nada tiene que ver con nosotros o con nuestros seres queridos, el suicidio seguirá siendo un tema menor que a nadie le importa y del que nadie se ocupa.

 

La realidad es otra. Hay estudios que muestran que la mitad de la población tiene pensamientos suicidas en algún momento de su vida, y ya hablamos del costo social de este flagelo en vidas y angustias. Es muy probable que mientras nosotros decidimos ignorarlo este drama esté repitiéndose muy cerca de nuestro círculo íntimo. Digámoslo con todas las letras. El suicidio es uno de los problemas más graves que enfrenta nuestra sociedad: Debemos ocuparnos.

 

Ver también Mitos sobre el Suicidio

 

Representación social de la enfermedad mental o los problemas emocionales

 

El suicidio suele asociarse con la enfermedad mental, tal vez como otra forma de auto-excluirnos: si es algo que le pasa a los enfermos mentales, pensamos, entonces yo y los míos estamos a salvo. Demás está decir que esta es otra creencia falsa: aproximadamente la mitad de los suicidas no tienen enfermedad mental diagnosticada. Además, los límites de lo que la cultura e incluso la ciencia consideran enfermedad mental han ido corriéndose, los manuales de diagnóstico crecen e incluyen cada vez más condiciones. Pero la cuestión no es si la persona con pensamientos suicidas tiene o no una enfermedad mental; el verdadero problema es que las personas que padecen estas enfermedades, o incluso transitan situaciones emocionales intensas no patológicas son discriminadas pasiva o activamente.

 

Es más fácil aceptar que un familiar, amigo o compañero tiene alguna enfermedad física como diabetes o hipertensión, pero cuando se trata de una enfermedad mental o de un problema emocional las representaciones sociales negativas de los enfermos mentales como personas poco confiables, inseguras e incluso de algún modo moralmente responsables por lo que les pasa, se traduce en actitudes que llevan al distanciamiento y a la ruptura de los vínculos o, en el mejor de los casos, al ocultamiento y el silencio .

 

Este estado de cosas tiene a su vez dos consecuencias inmediatas: Por un lado, el enfermo mental o la persona con problemas emocionales ve como se deteriora o empobrece su entorno social; por otro, el miedo a ser segregado hace que las personas no hablen de sus enfermedades mentales y muchas veces ni siquiera de sus problemas emocionales. Ambos efectos se traducen en una exclusión o auto exclusión que muy probablemente agrave los síntomas, prive a las personas de posibilidades de obtener ayuda y, como vimos antes, aleje al enfermo mental o a la persona con problemas emocionales del sentido de pertenencia y de propósito que necesita pudiendo generar pensamientos suicidas.

 

Cuando decimos de que la enfermedad mental es un factor de riesgo de la conducta suicida nunca sabremos a ciencia cierta cuanto de este aumento en el riesgo se debe a la enfermedad en sí misma y cuanto a la discriminación social de la que son víctimas los enfermos mentales. Por eso, debemos aceptarlo: La enfermedad mental o los problemas emocionales son básicamente enfermedades y problemas. El que sufre no es moralmente responsable de lo que le pasa. Sus síntomas deben tomarse como síntomas, no podemos culpar a un ansioso por su ansiedad o a un depresivo por su desgano, son estados emocionales que no pueden evitar. Los enfermos mentales y las personas que sufren problemas emocionales merecen nuestro apoyo, nuestro acompañamiento y nuestro cuidado; jamás nuestro desprecio.

 

Representación social de la prevención del suicidio

 

Asociar al suicidio con la enfermedad mental no solo nos genera una falsa tranquilidad por pensar “esto a mí no me va a pasar” sino que además nos habilita a creer que la prevención del suicidio no es asunto nuestro. Si el suicidio es consecuencia de la enfermedad mental, pensamos, se tendrán que ocupar los profesionales en salud mental que para eso estudiaron; que otra persona intente asistir a alguien con pensamientos suicidas sin los conocimientos necesarios podría ser hasta peligroso. Todo este razonamiento es falso.

 

Por empezar no siempre el pensamiento suicida está asociado a la enfermedad mental, y aunque lo estuviera, el suicidio es demasiado frecuente y demasiado omnipresente como para dejar su prevención solo cargo de los profesionales. Es como si solo los agentes de transito se ocuparan de la seguridad vial o solo los médicos de nuestra salud. Cualquier persona responsable sabe que tiene que cuidar de su salud o la de su familia llevando y promoviendo una vida sana, y respetar las normas de transito como conductor o como peatón para evitar accidentes. Sin embargo, por algún motivo creemos que de la prevención del suicidio se deberían ocupar otros. La verdad es que los profesionales de la salud mental pueden ser de mucho valor en la prevención del suicidio, pero para que una prevención del suicidio efectiva sea posible es necesario que nos involucremos todos, o la gran mayoría de las personas, cada uno desde el puesto que le toca ocupar en nuestra sociedad. Es mucho lo que un ciudadano común puede hacer en función de la prevención del suicidio. Ya sea desde la prevención primaria: transmitiendo valores y actitudes pro vida como la valoración de los vínculos y la búsqueda de propósitos y objetivos; o desde la prevención secundaria: observando a nuestros vínculos cercanos y brindándoles asistencia a quienes lo necesiten.

 

Ver también Todos podemos prevenir un suicidio

 

Representación social de la ayuda

 

El ser humano primitivo pudo sobrevivir a ambientes hostiles sin demasiadas ventajas evolutivas gracias a su capacidad de compartir ayuda. Sin embargo, en el mundo moderno, mucho menos cooperativo y mucho más competitivo, dar ayuda se ve como un desperdicio de recursos y pedirla como un signo de debilidad. Esto no solo nos priva de nuestra principal ventaja como especie sino que también nos aleja de nuestra naturaleza gregaria y nos convierte en individuos aislados sin sentido de pertenencia y finalmente sin propósito en la vida. El hecho de que hayamos ido perdiendo nuestra inclinación natural a dar y pedir ayuda hace que la prevención del suicidio sea más difícil. Deberíamos revertir este proceso, pero para hacerlo tendríamos revisar valores como la autosuficiencia y el individualismo.

 

Los padres y madres queremos lo mejor para nuestros hijos, especialmente para cuando ya no podamos cuidar de ellos. Por ese motivo solemos pensar que deben aprender a “arreglarse solos”, creemos que de ese modo podrán asegurarse el “éxito en la vida”. Sin embargo, los estudios demuestran que las personas que logran mayores grados de satisfacción y que además son más felices son las que enfrentan los problemas de manera cooperativa. El sistema educativo tampoco ayuda. Aunque se ha teorizado mucho sobre el tema, lo concreto es que en el aula se sigue priorizando el trabajo individual y la competencia por sobre el trabajo grupal y la cooperación. Aún sabiendo que este modelo no les servirá a los educandos cuando en el futuro tengan que incorporarse a grupos de trabajo reales.

 

Promover la ayuda es cambiar un estilo de vida individualista por otro en el que lo grupal y comunitario tenga más preponderancia. Es volver a nuestros orígenes, a la forma natural en que nos relacionábamos. Pero, para que no se interprete mal debemos aclarar bien qué entendemos por ayuda. Ayudar no es ocuparse de los problemas del otro o asumir una responsabilidad que no nos corresponde; ayudar tampoco es invadir las libertades para tomar decisiones por el otro. No hablamos de asistencialismo ni de paternalismo. Para que la ayuda sea efectiva y satisfactoria para ambas partes se deben cumplir ciertos órdenes que Bert Hellinger describió como “los órdenes de la ayuda”. Cuando la ayuda se da en un contexto de respeto mutuo no se genera una distinción jerárquica entre quien da y recibe la ayuda. Es más, quien da y quien recibe llegan a confundirse en un continuo en el que todos ganan, ya sea por lo que obtienen o por esa satisfacción con que nos premia nuestra naturaleza por el hecho de ayudar. La ayuda entendida de este modo afianza y profundiza los vínculos, genera sentimientos de pertenencia y de propósito, fortalece el sentido que le encontramos a la vida.

 

Para que este cambio cultural comience no hace falta que se presente un problema grave; mucho mejor sería recuperar nuestra capacidad de ofrecer y pedir ayuda desde las cuestiones menores. Dar o pedir consejos sobre la vestimenta o recomendar una película puede ser la puerta de entrada para que, en el momento que realmente sea necesario, nosotros y nuestros contactos más cercanos, sepamos que no estamos solos.

 

Ver también nuestra página: Los Ordenes de la Ayuda en la Asistencia al Suicida

 

Representación social de la diversidad

 

Decimos que para que los seres humanos podamos recuperar nuestro sentido de propósito y de pertenencia deberíamos valorar más lo grupal y volver a una forma más natural de relacionarnos. Sin embargo, debemos admitir que los grupos humanos en la actualidad difieren mucho de los grupos primitivos. Desde los pequeños grupos nómadas pasamos a las aldeas, las ciudades, los estados y actualmente estamos todos intercomunicados en lo que llamamos la “aldea global”. En aquellos pequeños grupos primitivos, una de las formas de mantener la cohesión interna era la oposición a otros grupos. Una marcada distinción entre “ellos” y “nosotros”. Esto ya no es posible cuando el grupo humano pasa a ser toda la humanidad. Sin embargo, ese sesgo cultural que nos llevó en el pasado a discriminar al diferente continúa entre nosotros.

 

Tal vez uno de los mayores desafíos culturales de la modernidad sea aprender a convivir en la diversidad. La discriminación puede servir para cohesionar parcialidades, pero es devastadora para quien es discriminado. La Organización Mundial de la Salud señala a la discriminación como uno de los principales factores de riesgo de la conducta suicida. Y es lógico que así sea: la inclusión en un grupo y el sentido de pertenencia son la base del sentido de propósito y en última instancia del sentido de la vida, la discriminación es todo lo contrario, lleva al aislamiento, al resentimiento y al sinsentido.

 

Es cierto que fue mucho lo que se avanzó en las últimas décadas en un cambio cultural por la inclusión social, especialmente de los grupos minoritarios, pero es mucho más lo que queda por hacer. Debemos entender que la diversidad enriquece nuestro medio social. El que es distinto en cualquier aspecto no debe ser solo tolerado sino incluido, sentirse uno de nosotros, participar en la dinámica social.

 

Los seres humanos somos todos diferentes, aceptar y apreciar esas diferencias, grandes o pequeñas, es la clave para poder establecer vínculos sólidos y profundos en todos los niveles y en todas nuestras relaciones.

 

Representación social del éxito

 

Desde que somos pequeños, nuestros padres nos dicen que tenemos que esforzarnos para “ser alguien en la vida”, y si nuestros padres no nos lo dijeron, seguramente alguien más lo hizo. El éxito, especialmente en el aspecto económico y social es tan valorado en nuestra cultura que no lograrlo se asocia a la noción de dejar de ser. La modernidad generó nuevas formas de disfrutar y de mostrar el éxito. Las redes sociales, por ejemplo, se transforman en verdaderos catálogos de gente feliz o, mejor dicho, de gente que solo muestra sus momentos más felices. La pregunta es: En esta carrera por obtener más y mejor éxito, ¿qué queda para los rezagados?

 

Tenemos estudios que pueden responder esa pregunta. Uno de la Universidad de Warwick, el Hamilton College, y la Universidad de San Francisco sobre calidad de vida reveló un dato inquietante: Los países con mayor calidad de vida son los que tienen mayores tasas de suicidio. El mismo estudio encuentra una explicación a esta aparente contradicción: esos mismos países muy desarrollados son también los que muestran mayores diferencias entre sus habitantes. Allí conviven personas “exitosas” con otras que se sienten frustradas en el logro de esas metas tan altas que su medio social les impone.

 

Entonces, ¿cual es la salida? ¿Igualar para abajo? ¿Desalentar el progreso individual para proteger a los que no pueden lograrlo? Nada de eso, el progreso generó en el pasado y seguramente seguirá generando muchos otros beneficios a los que no deberíamos renunciar. El éxito no debería ser mala palabra, el problema es nuevamente el aspecto grupal. Si el éxito se promoviera mediante acciones cooperativas y para obtener beneficios colectivos, la búsqueda de éxito dejaría de ser un factor de disgregación social para convertirse en todo lo contrario. Imagino una sociedad en la que los padres le digan a sus hijos “con el esfuerzo compartido de todos estaremos mejor en un futuro”, y donde nadie sienta que deja de “ser alguien” ya que existe una comunidad que lo reconoce como persona independientemente de sus logros.

 

Ver también nuestra nota: Dark Contrasts: La paradoja de mayores tasas de suicidio en lugares “felices”:

 

Representación social de los vínculos

 

El filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman nos advierte sobre un cambio cultural que se ha dado en las últimas décadas al que él denominó “modernidad líquida”. En el pasado, nos dice, vivíamos en un mundo predecible: las rutinas, las costumbres, las tradiciones y los grupos humanos eran conocidos y gozaban de cierta permanencia. Esa “modernidad sólida” comenzó a “derretirse”. Lo líquido es la metáfora que rige el estado actual de las sociedades modernas donde lo único permanente es el cambio. Este cambio permanente de valores, costumbres, relaciones laborales y vínculos sociales genera en el individuo una angustia existencial y un sentimiento de permanente desarraigo. Surge entonces la necesidad de hacerse de una identidad flexible que se adapte a los cambios que el sujeto deberá enfrentar durante su vida. Bauman advierte que estas “máscaras” pueden parecer sólidas, pero miradas desde el propio sujeto muestran su fragilidad y desgarro permanente. En la modernidad líquida, según el autor, la felicidad pasó de ser una aspiración colectiva a convertirse en un estado de excitación individual espoleado permanentemente por la insatisfacción y hasta el amor se ha mercantilizado mediante la cosificación del otro que se convierte una mercadería transable.

 

Bauman puede parecer demasiado pesimista, pero no hace falta leer sus libros para verificar estos cambios en nuestro propio medio social. La pregunta es: ¿Este es el mundo en el que queremos vivir?

 

Antes hablamos de la desintegración vincular progresiva desde la solidez del grupo primitivo hasta la actualidad. Ahora vemos que este proceso se ha ido acelerando en los últimos años. Los defensores de las libertades individuales sostienen que el estado actual de las cosas es mejor ya que los vínculos del pasado muchas veces se transformaban en yugos que reprimían al individuo. Y en esto tiene razón. No se trata de volver al pasado. El desafío de nuestra cultura es vincularnos de una forma diferente: que el individuo reconozca la importancia de construir vínculos profundos y elija hacerlo. Debemos entender que el compromiso elegido y la acción colectiva no son pérdidas de libertad y que el aislamiento individualista que busca el disfrute inmediato nos lleva a un estado de sinsentido donde las libertades individuales se pierden. Perder nuestras libertades no es la propuesta: nosotros elegimos cómo queremos relacionarnos y qué modelo de relación queremos enseñarle o transmitirle a nuestros vínculos cercanos.

 

¿Es posible cambiar la cultura?

 

Pensar que para prevenir el suicidio es necesario cambiar la cultura de un país o del mundo puede parecer demasiado ambicioso, sin embargo, si hay algo que caracteriza a la cultura humana es el cambio. Quienes ya vivieron varias décadas pudieron verlo con sus propios ojos.

 

Solo unos años atrás los homosexuales tenían que ocultar su condición para no ser discriminados u hostigados, el lugar de la mujer en la sociedad era otro y la discapacidad era motivo de burla. Vivimos en una sociedad mejor en muchos aspectos. Todos estos cambios y muchos otros no avanzaron siguiendo las directivas de un gobierno sino gracias a la incansable tarea de difusión y concienciación de grupos minoritarios; y, fundamentalmente, gracias al coraje y la determinación de millones de personas anónimas que decidieron revisar las pautas culturales que recibieron de sus padres u otras personas, adoptar otras mejores y a su vez transmitirlas. Cambiar la cultura no solo es posible sino que es inevitable, la cultura cambia todo el tiempo; viejas pautas caen en el olvido y surgen nuevas; es un edificio que nunca termina de remodelarse y los arquitectos somos nosotros. En cada gesto y en cada comentario estamos aportando nuestro granito de arena para determinar lo que “está bien”, lo que es “aceptable” o lo que es “normal” para nuestra cultura. Alguien tomará ese elemento para reproducirlo o para cuestionarlo. Y así, entre todos, vamos reconstruyendo continuamente nuestra cultura.

 

Tal vez no pudimos elegir el mundo en el que vivimos pero, definitivamente, estamos construyendo el mundo en el que vivirán nuestros hijos y las futuras generaciones. Si elegimos construir un mundo en el que no temamos hablar de nuestros problemas emocionales, de la enfermedad mental o de los pensamientos suicidas; donde la inclusión, la ayuda y el cuidado de los vínculos sean valores que se enseñen y se practiquen, y donde el otro nos importe, como persona y no como mercancía, no solo dejaremos un mundo mejor donde el suicidio sea menos frecuente sino que además crearemos una sociedad más feliz.

Fuentes:

Bauman Zygmunt, Modernidad líquida

Damasio Antonio , El error de Descartes.

Hellinger Bert, Los órdenes de la ayuda.

Moscovici Serge, Representaciones sociales: Exploraciones en psicología social.