La inteligencia emocional como factor protector de la conducta suicida


El concepto de inteligencia es tan antiguo como la palabra misma, pero nunca estuvo muy bien definido. En términos generales decimos que la inteligencia es la capacidad para resolver problemas, pero los problemas, y también sus posibles soluciones, son tan variados que esto no nos dice mucho. Por ejemplo, un contador podría encontrar fácilmente una diferencia en un balance pero no lograr establecer una relación armónica con sus subordinados. Podríamos decir que esta persona es muy inteligente frente a algunos problemas y es menos inteligente frente a otros.

Para resolver estos dilemas, muchos investigadores sugirieron la existencia de varios tipos de inteligencia; entre ellos Howard Gardner propuso su modelo de inteligencias múltiples en 1983. Gardner nos habla, entre otras de la “inteligencia interpersonal”, como la capacidad para entender las intenciones, motivos y sentimientos de otras personas y de la “inteligencia intrapersonal”, como la capacidad de entenderse uno mismo y apreciar los sentimientos, temores y motivaciones propios. Sin embargo, fue Daniel Goleman quen en 1995 popularizó el término “inteligencia emocional” como la capacidad de comprender, expresar y regular las respuestas emocionales propias e interactuar con otras personas captando y entendiendo sus emociones.

La importancia de estas nuevas miradas sobre la inteligencia no es solo teórica o descriptiva; todos estos investigadores concuerdan en que, si bien estas nuevas inteligencias tienen un componente innato, el mayor o menor desarrollo de las mismas depende de factores sociales y culturales. Dicho en otros términos: La inteligencia emocional se puede aprender. Esto plantea un desafío enorme para los sistemas educativos que antiguamente estaban muy centrados en la enseñanza conceptual y el desarrollo de la inteligencia formal. También para las familias, que son las responsables primarias de la educación de los más jóvenes.

Si pensamos que los pensamientos suicidas surgen, generalmente, en medio de crisis emocionales, resulta evidente la importancia de este enfoque para la prevención del suicidio. Incrementar la capacidad de las personas para regular las propias emociones sin duda sería de mucha ayuda. Pero si además tenemos en cuenta que muchas de las habilidades personales que la Organización Mundial de la Salud menciona como factores protectores de la conducta suicida basándose en estudios epidemiológicos son componentes de lo que hoy se conoce como inteligencia emocional, la relación entre prevención del suicidio y educación emocional es indudable.

Goleman nos muestra que el solo desarrollo de la inteligencia formal no es suficiente para garantizar el éxito en ningún aspecto de la vida, ni siquiera en lo académico o laboral, mucho menos en la vida de relación. Por suerte el paradigma de los sistemas educativos está cambiando y cada vez se generan más espacios para enseñar también las habilidades relacionadas con la inteligencia emocional como la resolución de conflictos interpersonales, la comunicación empática y la comprensión y expresión de las emociones propias. Sin duda, este cambio educativo, que debería profundizarse no solo en la escuela sino también en los entornos familiares, dotará a las futuras generaciones de más recursos para afrontar los problemas de la vida y, por ende, de una mejor protección frente a las conductas suicidas.

En estos tiempos, la crisis educativa generada por la pandemia de Covid-19 y el aislamiento social generó un nuevo desafío: tanto docentes como madres y padres deben buscar alternativas para que los procesos de aprendizaje sufran el menor retraso posible y para que los contenidos que no se pudieron enseñar se recuperen. Esto incluye también, y especialmente, la educación emocional. A diferencia de los contenidos conceptuales que pueden ser aprendidos en los libros o por otros medios, la educación emocional requiere de interacción humana directa con educadores y compañeros.

La infancia y la adolescencia no esperan. Durante todos estos meses nuestros niños, niñas y jóvenes siguieron y seguirán creciendo. Debemos agudizar nuestra imaginación y estar atentos para generar y aprovechar más oportunidades educativas. Todos los espacios de interacción y diálogo sobre cuestiones emocionales pueden ser útiles. Aún podemos transformar esta crisis en una oportunidad y dotar a los más jóvenes de los recursos emocionales que necesitarán durante toda su vida. Si lo hacemos, estaremos promoviendo vidas más productivas, felices y seguras.

Las opiniones vertidas en estas notas no necesariamente reflejan posturas oficiales del Centro de Asistencia al Suicida y se publican bajo exclusiva responsabilidad de sus autores.


Ver también nuestro apartado: Orientación para madres y padres en la prevención del suicidio

y Orientación para docentes en la prevención del suicidio.


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