Ikigai: El camino japonés en la búsqueda de sentido




Muchas personas con pensamientos suicidas se muestran cansadas y renuentes a hacer cambios en sus vidas, dicen que no vale la pena seguir luchando y piensan que el mundo estará mejor sin ellas; no le encuentran sentido a sus vidas. Recuperar y fortalecer esta conexión entre la persona y el sentido de su existencia es esencial porque solo desde allí se pueden generar otros cambios. Pero, si nos preguntamos qué es el sentido de la vida o dónde se encuentra, las respuestas que encontramos son complejas y disimiles.


Abraham Maslow en 1943 planteó una teoría sobre las necesidades humanas, conocida como pirámide de Maslow. Según esta, para acceder a la autorrealización o “necesidades del ser” como él las llamaba, deben satisfacerse antes otras necesidades en un determinado orden: necesidades fisiológicas como alimento, sexo y descanso; necesidades de seguridad como techo, empleo y normas morales; necesidad de afiliación como amistad, familia e intimidad sexual; y necesidad de reconocimiento como confianza, respeto y éxito. En este planteo, las necesidades del ser quedan reservadas para unos pocos afortunados que hayan podido completar todas las etapas anteriores; como la frutilla de un postre al que pocos acceden.


Su contemporáneo, Viktor Frankl, postula una teoría casi opuesta y la demuestra en su propia historia personal. Para Frankl, encontrar sentido a la propia vida está en la base de las necesidades humanas y desatender esta necesidad (“voluntad de sentido” como él la llama) cierra las puertas a todo lo demás. En la época en que Frankl fue prisionero en un campo de concentración nazi no satisfacía aceptablemente ninguna de las necesidades que enumera Maslow, ni siquiera las más básicas; sin embargo, su voluntad de sentido le permitió sobrevivir. Hizo propia la frase de Nietzsche: "Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo". Para Frankl, las necesidades del ser no son la frutilla del postre, son la copa sin la cual servir el postre no es posible. Sin embargo, para muchas personas, encontrar ese “porqué” o no perderlo frente a las vicisitudes de la vida puede resultar difícil por lo que la cuestión del sentido de la vida no se agota.


La filosofía japonesa nos propone un camino en la búsqueda de sentido que difiere mucho de la pirámide de Maslow y se parece más a una flor. Cuando Lopez y Miralles investigaban el fenómeno de la mayor concentración de personas centenarias del mundo en el pueblo de Okinawa y les preguntaban a los ancianos el secreto de su longevidad, la respuesta que obtuvieron fue “Ikigai”, que significa algo así como “el valor de la vida”.


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Ikigai es una filosofía práctica que busca el equilibrio entre diferentes aspectos de la vida: Lo que amás, en lo que sos bueno, lo que necesita el mundo y lo que te genera una retribución. Las personas que buscan activamente este equilibrio dicen sentir que la vida fluye como en un paseo agradable y que el mundo resulta lógico y pleno de sentido; sin embargo, a primera vista, Ikigai también puede parecer un camino para unos pocos afortunados. ¿Quién puede darse el lujo de hacer lo que ama, ser bueno en ello, ayudar al mundo y ganar dinero en el camino?


En realidad todos podemos, porque Ikigai no se trata solamente de cambios concretos en lo que hacemos (aunque los cambios concretos seguramente vendrán). Ikigai es, en realidad, una cuestión de actitud ante la vida que consiste en amar lo que hacemos, hacerlo de la mejor manera que nos sea posible, tomar conciencia del valor de lo que hacemos para el mundo y apreciar cómo el mundo nos retribuye por nuestras acciones. Esto se aplica al trabajo, a la familia, a las relaciones de amistad y a todos los aspectos de la vida en cualquier situación y en cualquier circunstancia de vida.


Incluso en circunstancias tan desesperantes como las que atravesó Viktor Frankl en el campo de concentración, aunque él probablemente no conoció el Ikigai, al menos desde el pensamiento y por lo que el relata, nunca abandonó del todo lo que amaba, nunca dejó de preocuparse por las necesidades del mundo, nunca dejó de buscar lo necesario para la subsistencia y continuó con aquello en lo que era bueno. Intuitivamente, buscó ese equilibrio que lleva a valorar la propia vida del que hablan en Japón.


Lo que Ikigai produce es un fuerte sentimiento de pertenencia, de comunión con los demás y con el mundo, incluso en circunstancias de soledad real. Precisamente, el otro sentimiento fuerte que declaran las personas con ideación suicida: la desconexión con los otros, el aislamiento.


Ikigai nos enseña que el valor que le asignamos a nuestra propia vida tiene una correspondencia directa con nuestras relaciones y con nuestra voluntad de relacionarnos, propone una actitud concreta de servicio y agradecimiento hacia los demás y nos promete una vida colmada de sentido.


Si por problemas de la vida le está costando encontrarle sentido, no dude en llamar a nuestra Línea de Asistencia al Suicida.


Las opiniones vertidas en estas notas no necesariamente reflejan posturas oficiales del Centro de Asistencia al Suicida y se publican bajo exclusiva responsabilidad de sus autores.


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