Prevención del suicidio en la edad adulta

Cuando se habla de prevención del suicidio suele hacerse especial énfasis en la adolescencia y la edad mayor ya que en estos grupos etarios es donde se registran mayores índices (suicidios consumados por año cada 100.000 habitantes). Sin embargo, en las edades intermedias (más de 24 y menos de 65 años) es donde se produce la mayor cantidad de los suicidios (el 56% de acuerdo a datos del Ministerio de Salud para el año 2018) por lo que la prevención del suicidio para los adultos de edades intermedias también debe ser prioritaria.


En la adolescencia, y también en la tercera edad, las crisis emocionales suelen darse en el contexto de cambios profundos en el estilo de vida relacionados con las etapas vitales; el pasaje de la infancia a la edad adulta, con todos los desafíos que implica, en la adolescencia, o el retiro y el envejecimiento, con las pérdidas que los acompañan, en la tercera edad. Las edades intermedias parecerían ser más estables, sin embargo, los adultos de este grupo etario están también expuestos a traumas y pérdidas que podrían desatar crisis emocionales o procesos de duelo: enfermedades, fallecimiento de seres queridos, problemas económicos, desempleo, separaciones y muchos otros. La prevención del suicidio en las edades intermedias no consiste en evitar estas vicisitudes propias de la vida adulta, sino de dotar a las personas de los recursos necesarios para enfrentarlas y adaptarse a los cambios que producen.


Por ese motivo, la prevención del suicidio en la edad adulta debe, idealmente, comenzar en la infancia y la adolescencia. Un adulto criado en una familia contenedora que se ha sentido amado durante su infancia y que fue valorado incondicionalmente y no por sus logros, seguramente, tendrá más recursos emocionales para enfrentar momentos difíciles. Para los que no han tenido la suerte de tener esta infancia y adolescencia el camino es más difícil pero siempre y a cualquier edad se pueden adquirir los recursos necesarios.


Por empezar, debemos entender que el bienestar emocional propio y de nuestros seres queridos no es solo una cuestión de confort o de calidad de vida. Se trata de cuidarnos y de cuidar a otros de un flagelo como el suicidio que también entre adultos es una de las principales causas de muerte. Así como tomamos precauciones al cruzar la calle o nos cuidamos en nuestra alimentación, también deberíamos tomar precauciones para estar mejor en el plano emocional. En función de eso, hay mejoras importantes que podemos hacer en nuestro estilo de vida y en el de quienes nos rodean, basados en estadísticas, que la Organización Mundial de la Salud llama factores protectores de la conducta suicida y que resumiremos brevemente:


1- Cuidar el entorno familiar: Vivir solo y no mantener interacciones cercanas y frecuentes con familiares y amigos es algunas veces una circunstancia inevitable y otras una decisión que debe ser respetada; pero sabemos que las buenas relaciones y el apoyo de familiares y amigos es uno de los principales factores protectores de la conducta suicida.

2- Desarrollar habilidades sociales: Muchas personas ponen como excusa para su aislamiento su forma de ser, su personalidad o su torpeza social. Sin embargo, todo esto es modificable. Aprender a relacionarse es como aprender a caminar, solo se puede lograr con la práctica y los tropiezos son inevitables. Buscar actividades en las que la interacción social sea necesaria es una buena idea para empezar.


3- Cultivar la autoestima: Si tuvimos padres que valoraron nuestros logros y nos demostraron amor incondicional frente a nuestras faltas y fracasos, desarrollar una buena autoestima no será difícil. Si no tuvimos la suerte de contar con esos padres, como adultos, debemos asumir ese rol frente a nosotros mismos. Se trata de cambiar nuestra actitud y brindarnos esa aprobación y esa aceptación que no recibimos de chicos.


4- Aprender a pedir ayuda: En sociedades altamente competitivas, pedir ayuda puede verse como un signo de debilidad, sin embargo, somos seres gregarios por lo que ayudarnos unos a otros es la forma natural de vivir para los seres humanos. Por eso, aprender a pedir ayuda es una habilidad importante a la hora de transitar momentos difíciles. No debemos confundir pedir ayuda con trasladarle nuestros problemas a otro ni con victimizarnos. El pedido de ayuda para que sea efectivo debe implicar la construcción de alianzas y la búsqueda de apoyos colaborativos sin renunciar a la responsabilidad sobre nuestras propias vidas. Tampoco debemos esperar tener un problema grave para pedir ayuda, si aprendemos a buscar consejo, contención y compañía en las pequeñas cosas, esta habilidad estará disponible cuando realmente la necesitemos.


Como dijimos, todo esto no evitará las crisis de la vida a las que todos los adultos estamos expuestos, pero con cambios pequeños y sostenidos podemos proponernos vivir mejor y más seguros al tiempo que le brindamos esto mismo a nuestros seres queridos. Así mismo, si siente que en este momento está transitando una crisis emocional y no encuentra la forma de implementar estos u otros cambios en su estilo de vida, no dude en llamar a nuestra Linea de Asistencia al Suicida.

Las opiniones vertidas en estas notas no necesariamente reflejan posturas oficiales del Centro de Asistencia al Suicida y se publican bajo exclusiva responsabilidad de sus autores.

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